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¿Hacer jabones nos hace más felices?

Si haces jabón artesano, seguramente te haya ocurrido más de una vez: empiezas a preparar una fórmula, pesas los ingredientes, organizas los utensilios, mezclas, eliges los colores, incorporas el perfume y piensas en el diseño que quieres conseguir.


Estás tan concentrada en el proceso que, cuando vuelves a mirar el reloj, ha pasado mucho más tiempo del que imaginabas.


Durante ese rato has estado completamente centrada en lo que estabas haciendo, casi sin pensar en nada más. Y quizá esa sea una de las razones por las que muchas personas sentimos que hacer jabón nos hace sentir bien.


La jabonería artesana reúne muchas cosas en una misma actividad. Hay una parte técnica, porque necesitamos formular correctamente, pesar con precisión y comprender qué está ocurriendo durante la elaboración, pero también existe una parte profundamente creativa.


Podemos escoger los aceites, trabajar con diferentes colores, aromas, formas y diseños, probar nuevas técnicas y buscar resultados distintos en cada elaboración.


Además, al finalizar el proceso obtenemos algo real, tangible y útil que antes no existía y que hemos creado con nuestras propias manos. Esa combinación entre conocimiento, creatividad y resultado puede ser tremendamente satisfactoria.


¿Qué tiene que ver todo esto con el estado de flujo?


En psicología existe un concepto conocido como estado de flujo o flow, desarrollado por el psicólogo Mihály Csíkszentmihályi. Se refiere a esos momentos en los que estamos tan concentrados e implicados en una actividad que nuestra atención queda completamente absorbida por ella.


El tiempo parece pasar más rápido, disminuyen las distracciones y sentimos que existe un equilibrio entre el reto que tenemos delante y nuestras propias habilidades. La elaboración de jabón puede reunir muchas de esas características.


Mientras trabajamos tenemos un objetivo claro, necesitamos prestar atención a lo que está ocurriendo y tomamos pequeñas decisiones constantemente. Observamos la temperatura, controlamos la emulsión, valoramos la consistencia de la traza, incorporamos los ingredientes en el momento adecuado y pensamos cómo realizar el vertido o conseguir el diseño que tenemos en mente.


No estamos realizando una actividad completamente automática: estamos participando activamente en todo el proceso y adaptándonos a lo que sucede delante de nosotros.


Por eso no resulta extraño que muchas artesanas describan la elaboración de jabón como un momento en el que consiguen desconectar de las preocupaciones cotidianas. No porque los problemas desaparezcan, sino porque durante un rato nuestra atención está ocupada en una tarea concreta que exige concentración y, al mismo tiempo, nos resulta agradable.


Cuando además tenemos cierta experiencia y podemos afrontar pequeños retos, una nueva técnica, una fórmula diferente o un diseño que todavía no dominamos, la actividad puede resultar todavía más estimulante.


Hacer jabón también significa aprender


Otra de las cosas que hace tan interesante la jabonería es que difícilmente se llega a un punto en el que ya no quede nada por aprender. Podemos comenzar realizando una receta sencilla siguiendo unas instrucciones y, poco a poco, empezar a preguntarnos por qué se utilizan determinados aceites, cómo podemos modificar una fórmula, qué influye en la dureza de una pastilla, cómo controlar mejor la traza o por qué un perfume se comporta de una manera determinada.


Con el tiempo vamos acumulando experiencia y empiezan a aparecer nuevos retos. Queremos formular nuestros propios jabones, probar otros ingredientes, perfeccionar una técnica decorativa o comprender mejor la química que hay detrás de la saponificación. Esa sensación de avanzar, aprender y comprobar que cada vez somos capaces de hacer cosas que antes nos parecían difíciles también contribuye a que la actividad resulte gratificante.


Y después está el momento de desmoldar. Cortar un jabón y descubrir el resultado tiene algo especial porque convierte todo ese proceso en algo visible. Podemos observar las capas, los colores, el dibujo que se ha formado en el interior o simplemente la textura de una pastilla sencilla que hemos elaborado correctamente. Independientemente de que el resultado sea perfecto o no, existe una satisfacción muy concreta en poder mirar algo y pensar: “Esto lo he hecho yo.”


Entonces, ¿hacer jabones nos hace más felices?


Evidentemente, hacer jabón no es una fórmula mágica para ser feliz y tampoco todas las personas viven la elaboración de la misma manera. Sin embargo, sí podemos entender por qué una actividad manual, creativa y que requiere concentración puede proporcionarnos momentos de bienestar y satisfacción. Cuando además existe aprendizaje, sensación de progreso y la posibilidad de transformar unas materias primas en algo creado por nosotros mismos, aparecen muchos de los elementos que pueden favorecer esa experiencia de flujo.


Precisamente sobre esto he querido hablar en mi vídeo que he publicado en mi canal YouTube. En él te cuento de una forma sencilla qué es el estado de flujo y por qué creo que muchas de las sensaciones que experimentamos cuando elaboramos jabón pueden estar relacionadas con este fenómeno.


Porque jabonear no consiste únicamente en mezclar aceites, agua y sosa. También puede ser un espacio para concentrarnos, experimentar, aprender, desarrollar nuestra creatividad y disfrutar del proceso de crear algo bonito y útil con nuestras propias manos.



¿Alguna vez has empezado a hacer jabón y, cuando te has dado cuenta, habían pasado horas?


Si quieres aprender a formular y fabricar jabones te invito a ver el curso de mi Escuela pulsando aquí.

 
 
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