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¿Cuánto dura realmente un cosmético artesanal? La vida útil no se decide a ojo

hace 3 días
4 min de lectura

Cuando elaboramos cosmética para nuestro propio uso es bastante habitual guiarnos por la experiencia: observamos el producto, comprobamos si ha cambiado el olor, el color o la textura y decidimos si seguimos utilizándolo.



Pero cuando pasamos de elaborar para nosotras mismas a fabricar cosméticos para vender, la situación cambia. Ya no podemos decidir que una crema dura seis meses porque “siempre me ha durado bien” o poner una fecha en la etiqueta simplemente porque nos parece razonable. Si comercializas un cosmético, tienes que poder justificar que se mantiene seguro y en condiciones adecuadas durante el tiempo en el que indicas al consumidor que puede utilizarlo. Y aquí entramos en un tema muy interesante: ¿cómo se determina realmente la vida útil de un cosmético?


Que un cosmético tenga buen aspecto no significa necesariamente que esté bien


Este es quizá el primer concepto que debemos entender. Cuando pensamos que un cosmético se ha estropeado solemos imaginar una crema que se separa, un aceite que huele a rancio o un producto que cambia de color. Son alteraciones que podemos detectar fácilmente y que, evidentemente, nos indican que algo está ocurriendo. El problema es que no todos los cambios importantes son visibles.


Un producto puede mantener aparentemente su color, olor y textura y, sin embargo, haber sufrido alteraciones que no podemos detectar simplemente mirándolo. Especialmente en productos que contienen agua, el control microbiológico adquiere una enorme importancia.

Por eso la vida útil no debería establecerse únicamente a partir de nuestra percepción.


¿Qué significa realmente la estabilidad de un cosmético?


Cuando hablamos de estabilidad no nos referimos únicamente a que una crema no se separe. Durante el desarrollo de un producto interesa observar cómo evoluciona con el tiempo y frente a determinadas condiciones. Podemos estudiar, entre otros aspectos, posibles cambios en su apariencia, color, olor, viscosidad o pH, así como comprobar que el producto mantiene unas características adecuadas durante su vida prevista.


También debemos tener en cuenta el propio envase. Una fórmula puede comportarse perfectamente en un recipiente y presentar problemas en otro. Producto y envase tienen que funcionar juntos durante toda la vida del cosmético.


Precisamente por eso las pruebas de estabilidad y compatibilidad son una parte importante del desarrollo profesional de una fórmula.


¿Y qué ocurre con los microorganismos?


Aquí aparece otra cuestión fundamental, especialmente cuando formulamos productos que contienen agua.


Una emulsión, un gel o determinados productos acuosos pueden proporcionar un entorno en el que los microorganismos puedan desarrollarse si el sistema conservante no es adecuado. Añadir un conservante no significa automáticamente que el producto esté protegido durante cualquier periodo de tiempo. La eficacia depende de la fórmula completa, del conservante elegido, su concentración, el pH, el proceso de fabricación, el envase y las condiciones de utilización, entre otros factores.


Por eso existen ensayos microbiológicos y, cuando corresponde, pruebas destinadas a evaluar la eficacia del sistema de conservación.


Una artesana que empieza a profesionalizar su producción debe entender algo importante: conservar un cosmético no consiste simplemente en añadir a la receta el porcentaje recomendado de un conservante.


Entonces, ¿quién decide cuánto dura mi cosmético?


En la Unión Europea, antes de comercializar un producto cosmético debe realizarse una evaluación de seguridad y elaborarse el correspondiente Informe sobre la Seguridad del Producto Cosmético. El Reglamento (CE) 1223/2009 contempla dentro de la información necesaria aspectos como la estabilidad del producto, su calidad microbiológica y, cuando corresponda, los resultados del ensayo de eficacia de conservación. Es decir, la duración del producto no debería aparecer de la nada.


Debe existir información que permita respaldar que el cosmético puede mantenerse en condiciones adecuadas durante el periodo establecido. Por eso, cuando desarrollamos un producto destinado a comercializarse, tenemos que empezar a pensar de una manera diferente. No estamos simplemente haciendo una receta: estamos desarrollando un producto que tendrá que ser evaluado y cuya seguridad tendremos que poder justificar.


Fecha de duración mínima y PAO no son lo mismo


Seguro que has visto cosméticos que llevan una fecha y otros que muestran el conocido símbolo del tarrito abierto acompañado de una indicación como 6M, 12M o 24M. No significan exactamente lo mismo.


En la Unión Europea, cuando la duración mínima de un cosmético es igual o inferior a 30 meses, debe indicarse su fecha de duración mínima. Cuando la duración mínima es superior a 30 meses, normalmente se indica el periodo durante el cual el producto puede utilizarse después de abrirlo sin riesgo para el consumidor, conocido como PAO (Period After Opening), salvo en aquellos casos en los que este concepto no resulte pertinente.


Por ejemplo, un PAO de 12M indica que, una vez abierto, el producto puede utilizarse durante 12 meses en las condiciones previstas. Y nuevamente aparece la misma idea: no deberíamos elegir 6M o 12M porque sea lo que vemos habitualmente en productos similares. Esa indicación debe ser coherente con las características y la información disponible sobre nuestro producto.


El envase también influye en la duración


Imagina la diferencia entre una crema presentada en un tarro en el que introducimos los dedos cada día y esa misma fórmula en un sistema airless. La exposición al aire, la luz, la humedad y la manipulación por parte del consumidor pueden ser diferentes. Y todo ello puede influir en la conservación del producto.


Lo mismo sucede con determinados aceites sensibles a la oxidación, productos fotosensibles o fórmulas que pueden interactuar con los materiales del envase.

Por eso elegir un envase únicamente porque queda bonito en Instagram no es una buena estrategia de formulación. El envase forma parte del desarrollo del producto.


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